La ventana y el espejo: la búsqueda de la inspiración

La inspiración es una búsqueda inconsciente, nadie sabe que en el esqueleto de todos los deseos, se encuentra la semilla ósea de una verdad atómica y en cierta medida destructiva (aunque toda verdad construya): la búsqueda constante de la inspiración. El hombre ha creado el espejo, ha osado con singular desgracia, igualar al tiempo a la sencillez de un agua inmóvil cuya esencia es, en efecto, inspirar a los ilusos con ilusiones básicas y vulgares: la estética física. Encapsulados en las raíces del ego, el maquillado árbol que brota y crece desde las partículas del reflejo, siempre está vinculado a las sombras de la existencia, arraigado con tenacidad a las moléculas primarias de la tiniebla y el desconcierto; es pues una sombra todo lo que pertenece al ego, un vago tizne de esperanzas cáducas. El ego es social, quiere decir, que es inaudito, absurdo, miente, se camufla, debe ser aniquilado con la delicadeza del ser. En cambio, la frecuencia que contiene la verdad del ser, la realeza del espíritu, es la exploración constante de las ventanas, la búsqueda de los paisajes, la intromisión en las culturas lejanas y ajenas, la comodidad de la soledad. Borges, odió los espejos y amó el hecho de ser esencialmente solitario, nunca explicó concretamente el motivo; y en verdad nunca hizo nada, siempre todo fue parte de una ilusión y de ligeros disfraces amañados a las circunstancias. Para él, claro está, para nosotros es un iluminado. Por otro lado, las ventanas, en deterioro de su objetivo principal, cuando se cierran reproducen el horror anterior: un espejo.

Miramos los ojos de nuestro reflejo, tratando de encontrar algo que valga la pena, pero como he dicho antes se trata solo de sombras jugando con instantáneas luces. Sonreímos e inflamos el desastre, abrazamos la autodestrucción. Nos damos vuelta, hacemos muecas, nos comportamos frente al espejo que es la vida, un espejo horroroso del que el poeta promedio desea escapar, o por lo menos, intenta, de forma sublime, desvanecerse en él, perder su forma para que aparezca el espíritu. En el espejo, la constancia y las mediciones de la muerte son polígrafos o jeroglíficos que, juegan en el cóncavo territorio de las sensaciones que el mismo reflejo produce: amor, odio, cólera, esperanza, miedo, vértigo. De ahí, la fobia análoga a las fotografías, a ser reducido a un mero instante, a ser atrapado en parte por el deseo de ser deseado o recordado (personalmente me lastima no compartir ésta fobia sublime). Qué desgracia haber descubierto la fórmula de los espejismos que alguna vez tuvieron lugar en ‘Las mil y una noches’. El espejo debió ser olvidado por los canosos científicos en las fábulas, debieron haber prescindido de todo intento de confabular con la luna (que es un espejo solar), con la ilusión y con la sociedad, un aparato que hoy en día se ha tornado macabramente decorativo, y por ende, todavía mucho más poderoso de lo que se habría imaginado su creador. Cuando el espíritu despierta, y uno que en verdad es equivalente a cero por la lógica que ofrece la astronomía, se mira al espejo, y de inmediato tiene la sensación de con cada mirada estarse borrando, gastándose, consumiéndose. Y de alguna manera, borrarse y diluirse de la densidad de la materia puede resultar placentero: ¿No es la densidad acaso, la cruz que ha tenido que cargar todo hombre que aspira a una verdadera ciencia de las cosas?. Así pues, el espejo no es más que el contraste cristalino de las cosas que en su verdad más pura, no existen. El humano no es más que un tipo de velocidad, cada uno gira en torno a cosas distintas pero la corona de espinas de la muerte, aunque decorativa (como los espejos) nos rodea al fin de nuestras vidas, la cabeza a todos y pone fin a nuestro absurdo movimiento.

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